Ahora que han pasado unas semanas, sería conveniente hacer una reflexión sobre la efervescencia que representa lo que un gran número de personas llama semana santa, unos días de trasiego donde los festejos, la diversión, los reencuentros, el tumulto, los tambores, parecen impregnarlo todo, llegando a los rincones más apartados de nuestros pueblos y ciudades. Yo pretendo aportar una mirada desde el otro lado, por los motivos que sean, el de las personas que intentamos alejarnos de ese ruido, de ese estado creado directa o indirectamente por una parte de la sociedad convencional y que es exaltado y amplificado hasta el infinito por los medios de comunicación y que parece que nos convierte a los que no participamos en esos días de supuesta pasión en seres de otro planeta, creándonos un sentimiento de bicho raro porque preferimos quedarnos al margen de lo establecido.
Aquí quiero introducir el término laicismo, un concepto muy poco tenido en cuenta siempre, pero que en esos días es totalmente pisoteado y menospreciado por los miles de cargos públicos que participan en actos religiosos (la inmensa mayoría con una satisfacción inmensa o con una falsedad extrema), en las procesiones, los desfiles que recrean los acontecimientos más representativos de la religión católica, produciéndose lo que considero más lamentable y criticable, la simbiosis entre lo público (es decir, el Estado, los dirigentes políticos elegidos para gestionar los intereses de todas las personas, del cien por cien de la población) y lo que representa el catolicismo, una de las muchísimas religiones existentes en el mundo, que es una institución PRIVADA, dependiente de un estado extranjero que es EL VATICANO, no tiene absolutamente NADA de PÚBLICA.
Quiero hacer referencia a los desmesurados recursos públicos que se destinan a estas celebraciones, todo el dinero que reciben las cofradías o hermandades que sale de los impuestos de los contribuyentes, unas cantidades astronómicas si sumamos las subvenciones de todos los pueblos y ciudades, que se incrementan cada año muy por encima del aumento del IPC, un gasto que me parece excesivo, cuando existen tantas carencias de todo tipo en nuestras infraestructuras públicas y cuando los partidos de extrema derecha propugnan la bajada de impuestos como una de sus medidas estrellas, algo contradictorio con el mínimo mantenimiento del estado del bienestar.
También quiero apuntar algo que tiene que ver con el laicismo, con la separación del Estado y las religiones, todas, incluso la católica que parece ser indivisible del nuestro, me refiero a la participación de los militares en los desfiles, aportando esa marcialidad con sus pasos, sus fusiles, me pregunto qué hacen unos militares con su armamento cerrando las procesiones, qué pintan en esta orgía de ruidos, exaltaciones, saetas, avemarías, calles atestadas de gente. ¿Por qué tenemos que pagar todos los ciudadanos y ciudadanas esta fiesta, pero más concretamente la participación del ejército en la misma?
Quiero apuntar la ocupación del espacio público de todos los centros históricos de nuestros pueblos y ciudades, durante esta semana o algún día más incluso, la colocación de sillas, gradas, tribunas altas para dificultar la visión de los desfiles si no pagas, restricciones de tráfico, de aparcamientos, todo para facilitar esta actividad religiosa, el ruido, el escándalo, las bandas de música, los fuegos artificiales: me parece una invasión del espacio público y una agresión a todas las personas que no participamos en los actos. También el uso por parte de las cofradías y de la jerarquía católica de muchísimos inmuebles con un gran valor histórico-artístico, desde donde empiezan y terminan los desfiles de los centenares de participantes y los tronos, con el consiguiente deterioro de los templos, algo que parece no importar a nadie, muchos catalogados Patrimonio del Estado, como la mezquita de Córdoba y todas las catedrales.
Para terminar, tengo que hacer mención a una circunstancia que creo que pasa desapercibida entre tanta exaltación: me refiero al indulto otorgado a algunos presos dentro de dicha semana. Sí, en 2026 se han seleccionado a seis presos a propuesta de las cofradías y el gobierno les ha otorgado el indulto, en base a criterios de colaboración con entidades penitenciarias y religiosas (católicas, por supuesto), algo totalmente fuera de lugar. El mensaje a los reclusos es: «Si nos demuestras que eres un buen católico podemos seleccionarte para que el próximo año te indulten y seas libre». Otra flagrante falta de laicidad en nuestro sistema penitenciario.
Para los que consideran que somos un país avanzado y moderno, resulta que no lo somos tanto: tenemos unas raíces ancladas en tiempos que creíamos pasados, pero continúan vigentes por la inacción de todos los gobiernos que han pasado por nuestra mínima democracia.
Difícil averiguar el dato de porcentaje de población que pueda asumir este discurso, pero sospecho y quiero pensar que somos más de lo que la mayoría puede pensar. Desde aquí un mensaje: no estáis solas ni solos.
Juan Celdrán Navarro




