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«La increíble y triste historia del cándido rebaño institucional y de su leonino pastor» por Juan Antonio Aguilera Mochón

Una lista de la vergüenza del viaje papal.

La visita a España de Robert F. Prevost –papa León XIV– ha dejado unas páginas para la historia del esperpento institucional español.

Prevost vino en su doble papel de líder de la Iglesia católica y de jefe del Estado vaticano. Se nos aseguró que fue invitado a dar un discurso en las Cortes como lo segundo, lo que tampoco era de recibo al tratarse de una teocracia que vulnera sistemáticamente derechos humanos, especialmente de las mujeres –lo mismo que la Iglesia–, y porque las leoninas relaciones de ese Estado con el nuestro nos perjudican gravemente, sobre todo en términos educativos y económicos. Por ello Europa Laica pidió la anulación del acto, o, en su defecto, el plante de autoridades.

La visita de Prevost, y en especial su sermón parlamentario, nos ha dejado una fotografía nítida de la miseria confesional de las instituciones públicas españolas

Sin embargo, el propio pontífice aclaró pronto en su intervención que hablaba “como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica”, ¡no como jefe de Estado! Cerraba así el paraguas legal que pretendía dar cierta legitimidad al “excepcional” privilegio, dejando que cayera el chaparrón de su homilía sobre las Cortes. Ese momento fue una oportunidad para que parlamentarios y otras autoridades abandonaran decorosamente el salón y se pusieran a cubierto. En lugar de eso, los representantes públicos se mantuvieron como un dócil rebaño ante el leonino Pastor. 

El llamado “templo” de la soberanía popular devino en “templo” católico donde un tipo con faldones, pero no a lo loco –pues él sí es perfecto– dictó una lección moral mezclando ataques a derechos humanos impulsados por el propio parlamento con obviedades sobre la IA, los migrantes y la paz. Aunque olvidando mencionar el currículum criminal de la Iglesia, la reciente beatificación de más y más “mártires” de la guerra del 36 (siempre del bando fascista), o que mucho predicar caridad, pero poco dar trigo, por ejemplo, a su Cáritas (a ésta le aporta 6 veces más el Estado, confundiendo malamente la caridad con la justicia).

En el sermón parlamentario, Prevost tuvo la santa desfachatez de atacar el derecho humano a la eutanasia y al aborto. No en vano lidera, gracias a que tiene pene, una Iglesia que vulnera sistemáticamente los derechos más elementales de las mujeres. Y que niega la igualdad y el matrimonio a los homosexuales. Y que abusa mentalmente (y a menudo sexualmente) de la infancia en las parroquias y en las escuelas. En su sermón defendió, por el contrario, el secretismo de la Iglesia que tanto daña las investigaciones de pederastia, de los bebés robados o del siniestro Patronato de Protección a la Mujer. No habló de nada de lo que realmente importa entre Estados: las relaciones bilaterales, que en este caso resultan gloriosas para una parte (la del León) y un purgatorio para la otra.

En resumen: el papa Prevost será muy “Santo Padre”, pero debería mejorar mucho –dentro de su perfección– antes de tener la osadía de abrir su pura boca en un Parlamento democrático, aunque el repudio ciudadano debe recaer en quienes lo invitaron.

El Papa olvidó mencionar el currículum criminal de la Iglesia, la reciente beatificación de más y más “mártires” de la guerra del 36 (siempre del bando fascista), o que mucho predicar caridad

Ese hombre sin complejos ni vergüenza repartió hostias, como corresponde, a todo el Parlamento. Al Espíritu Santo sólo le faltó inspirarle estas palabras: «Señorías, la defensa de los derechos de las personas y la coherencia democrática les debería haber impedido invitarme a este parlamento para darles este sermón, pero al menos ahora deberían abuchearme o irse

Lo que les dijo, en cambio, es que tienen que guiarse por la “luz que viene de lo alto”, y los parlamentarios respondieron aplaudiendo como posesos, ignorando la miseria clerical que viene de lo bajo; dieron peso sólo a lo que jodía a los demás grupos, pero no pensó nadie en lo que nos jode a todos por la falta de laicidad igualitaria.

El aplauso del rebaño parlamentario sólo terminó cuando el Pastor se cansó. Ni siquiera se produjo un mínimamente decente “silencio de los corderos”. Si no fuera por lo grave que fue, daría risa: tras un sermón sobre derechos humanos pronunciado desde una fábrica de vulneraciones y encubrimientos, vimos a una derecha que aplaudió porque es “su” papa –y al fin y al cabo no fue tan claro con la política sobre migración–, a una izquierda que presume de progresista mientras vitorea retrocesos, y a un feminismo que ovacionó a quien lo combate radicalmente. ¿Grotesco? Bueno, puede que nos lo cuenten así progresivamente: “¡Fíjate lo que le hicimos al papa: nos bajamos los pantalones en su cara, jojo!”.

Algo huele a muerto, pero no porque haya habido un funeral de Estado laico, sino más bien un funeral del Estado laico

Lo bueno es que tanta efusión de palmeros nos alejó un poco de la imagen del “templo”, si bien nos acercó a la de un circo o un show. Un circo ambulante y televisivo, pues se extendió fuera del Parlamento en toda la gira-espectáculo de ritos mágicos y monólogos piadosos (el Club de la Papedia),con algún artista invitado. ¿No es revelador que no hubiera ni una sola rueda de prensa, o un debate con Prevost, o la oportunidad de hacerle una sola pregunta seria?

La participación institucional continuó en otros actos puramente religiosos, siempre reconociendo al papa como la más alta autoridad moral y democrática. Con todo ello se ha demostrado que Gonzalo Puente Ojea se equivocaba cuando hablaba de “criptoconfesionalismo” en España, pues no hay nada de “cripto” en este confesionalismo descarado, público e impúdico. Algo huele a muerto, pero no porque haya habido un funeral de Estado laico, sino más bien un funeral del Estado laico.

La lista de la vergüenza institucional

Tras considerar los diferentes actos y discursos, así como el servil despliegue institucional, con su correspondiente despilfarro económico (más de diez millones de euros públicos) y menoscabo de la vida de muchas personas, es hora de poner algunos nombres y apellidos a la claudicación, de hacer una breve “lista de la vergüenza” de autoridades del Estado (en la que incluiré sólo a las nacionales para no alargarme). Porque, si bien el preboste y CEO de la Iglesia es la referencia principal de la infamia eclesial, no es a él o a los obispos a quienes hay que pedirles cuentas o favores; que lo hagan sus fieles si les place. Me parece lamentable que algunas víctimas supliquen a los victimarios. A quienes los ciudadanos tenemos que exigir explicaciones y acciones es a nuestros representantes públicos.

La vasallaje institucional ha sido casi absoluto, con los cargos públicos aplaudiendo interminablemente, rendidos y genuflexos. Han “alzado la mirada” para seguir el dedo papal de manera acrítica y entregada.

Empiezo la lista de la vergüenza con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el PSOE que lidera. Olvidaron su vieja y repetida promesa de anular los leoninos Acuerdos con la Santa Sede y han impulsado esta visita en su provecho electoral, aunque con ello hayan reforzado el confesionalismo estatal. Como sus predecesores socialistas y populares, pasarán a la historia como cómplices de todos los privilegios y abusos de la Iglesia en España. Sánchez remató estos días su entreguismo a la Iglesia acudiendo en Barcelona a una eucaristía –la primera vez que lo hace en calidad de presidente del Gobierno—a la que también asistieron nada menos que 14 ministros. Se ve que Moncloa bien vale una misa.

Si bien el preboste y CEO de la Iglesia es la referencia principal de la infamia eclesial, no es a él o a los obispos a quienes hay que pedirles cuentas o favores; que lo hagan sus fieles si les place

Le sigue en la lista quizás la mayor decepción, la del ala más izquierdista del gobierno “progresista”, empezando por Yolanda Díaz. Esta superministra defiende un curioso “feminismo”, compatible con jalear a los papas –pues también era devota de Bergoglio– que pisotean los derechos de las mujeres. Verla aplaudir con fervor el discurso en el que se condenó el derecho al aborto fue todo un “dato” izquiprogre

Junto a ella, otros ministros del PSOE y de Sumar (que incluye a Izquierda Unida) se sumaron a la ovación masiva, consumando la decepción de una izquierda que se dice laicista y feminista. Cabe destacar que la ministra de educación, Milagros Tolón (PSOE), también asistió a la misa del papa en Cibeles; ¿qué se puede esperar de ella respecto del derecho de la infancia a no ser adoctrinada, a una educación laica? Hay que resaltar asimismo el acatamiento de Ana Redondo, ministra de Igualdad, de la extrema desigualdad de las mujeres que defiende el papa; asistió sumisa a su misa en Barcelona.

Al sometimiento ovino se sumaron otros altos representantes de las instituciones del Estado. En la Jefatura de éste, el rey Felipe VI volvió a incumplir su papel de representar con dignidad a un Estado aconfesional al asistir piadosamente a misas y al inclinarse repetida y servilmente ante el líder católico; espero el día en que nos haga reír al quedarse como una alcayata culo en pompa y salir andando a lo Groucho Marx. Es la enésima vez que participa en actos católicos pasándose la aconfesionalidad del Estado, y por tanto la Constitución, por la pompa. 

Por su parte, la reina Letizia Ortiz acudió a los actos exhibiendo diversos vestidos más blancos que el culo arielado de Franco, haciendo gala del rancio privilegio medieval reservado a las “reinas católicas”. Un símbolo de recato y sumisión de las cónyuges en la línea de Sofía de Grecia y de Carmen Polo –solo que a esta se le imponía el negro–. Si la monarquía es incompatible con la igualdad y por tanto con la democracia, qué decir ya de una “monarquía católica» impuesta, además, por quien se manchaba las manos de rojo por “la G. de Dios”. 

Yolanda Díaz, esta superministra defiende un curioso “feminismo”, compatible con jalear a los papas –pues también era devota de Bergoglio– que pisotean los derechos de las mujeres

La presidenta del Congreso y el presidente del Senado ejercieron de acólitos de “Su Santidad”, incluso abriéndole una puerta excepcional. Como los presidentes del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional, que dejaron ver sin pudor que los altos tribunales de la democracia siguen anclados en el nacionalcatolicismo, quién lo diría. 

EH Bildu, ERC y otros partidos nacionalistas e independentistas no se independizaron de la grey. A pesar de que el papa se pronunció contra la discriminación por origen nacional, étnico, o lingüístico, esos partidos no se dieron por aludidos y asumieron el idioma común de la aclamación. Especialmente sonrojante fue el papel del autopropuesto líder de la izquierda Gabriel Rufián. Denunció la incoherencia del PP y VOX por ovacionar al papa en las Cortes, pero él mismo ¿qué pintaba en ese acto, y con qué coherencia ovacionó un sermón contrario no sólo a lo que defiende su partido, sino sobre todo a algunos derechos humanos? 

La actitud beata de VOX y más aún del PP, era lo esperable de nuestra ultramontana derecha, a diferencia de la de otros países donde sí es laicista. Se dice que en el sermón paparlamentario y en los pronunciados en Canarias el papa atacó el racismo y xenofobia de la derecha, pero a ésta no le cuesta mucho arrimar el suficientemente ambiguo discurso papal a su sardina, apelando además a «la política migratoria del Vaticano».

De la traición social se hicieron cargo los dóciles líderes de CCOO y UGT. Con su participación en el acto del Movistar Arena ignoraron flagrantemente las posiciones reaccionarias del papa y de la Iglesia sobre los derechos de las mujeres y otros temas que afectan directamente a la dignidad de las trabajadoras y trabajadores. Los sindicatos de clase, convertidos en monaguillos del Vaticano. Merecerían irse, junto a tantas autoridades, con unas orejas de burro al rincón de pensar.

Hay que denunciar que los medios públicos (TVE, Radio Nacional y cadenas autonómicas y locales) han actuado como muyahidines católicos, altavoces inagotables de la fe, hasta el aburrimiento. Dado su arrebato evangelizador, ya pueden cerrar la COPE y TRECE, pues las emisoras y cadenas públicas les hacen la tarea gratis. Qué pena ver cómo tan buenos profesionales han envilecido su trabajo.

¿Se imaginan el escándalo monumental si todo esta desmesura se le dedicara a un Ayatolá de Irán o al Gran Rabino de Jerusalén? Se produciría una reacción social tan justa como la que habría merecido el despiporre papólatra, pero este se nos vende como respeto a la tradición, obviando que, por ejemplo, marginar y maltratar a las mujeres es muy tradicional.

Frente a esta lista de la vergüenza, podríamos hacer una lista de la dignidad mucho más breve, en la que acogeríamos a quienes han defendido con coherencia la igualdad, la libertad de conciencia y los derechos humanos: la laicidad, en una palabra. El Bloque Nacionalista Galego y Podemos rechazaron participar en la farsa parlamentaria y el circo papanatas. Lástima que a Podemos se le olvidara hacer algo por el Estado laico cuando pudo, estando en el Gobierno.

Desde la sociedad civil hay que destacar las posiciones de Europa Laica y otras organizaciones laicistas, y las de personas valientes como las víctimas de la pederastia clerical que rechazan los tejemanejes eclesiástico-gubernamentales.

La visita de Prevost, y en especial su sermón parlamentario, nos ha dejado una fotografía nítida de la miseria confesional de las instituciones públicas españolas, merecedora de figurar en una nueva “Historia universal de la infamia” entre borgiana y forgiana. En vez de cumplir los “mandamientos laicistas” que deberían regir una democracia sana –es decir, no como Dios manda–, nuestra clase dirigente ha preferido doblar las rodillas ante los mandamientos e intereses de la Iglesia, revitalizando el oprobio nacionalcatólico. 

A pesar de tanta blancura y resplandor, han sido unas jornadas negras para la soberanía popular y para la dignidad democrática del Estado. Hará falta que las ciudadanas y ciudadanos seamos mucho más enérgicos en la exigencia de un Estado laico.


Juan Antonio Aguilera Mochón | Grupo de Pensamiento Laico

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