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«La impertinencia de un acto teocrático» por Javier Sádaba

Que un Papa hable en un parlamento es una intromisión en la vida de los ciudadanos libres. Un Estado que se llama aconfesional lo debería prohibir.

Alguien nos habla y amonesta desde su más allá a los que habitamos en el más acá. Que nos dé lecciones a los no creyentes es tan absurdo como parlamentos dando lecciones de ateísmo. Que hable a los suyos y a los demás, que nos deje en paz.  Además, se sitúa en una superioridad moral que ofende a una sociedad laica. Pura teocracia.

Si habla de la dignidad humana, y es un ejemplo, lo hará apoyándose en que somos hijos de un Dios, pero no en una ética construida por los humanos, se trata de una conquista que se debe a nosotros mismos.

Y cuando se refiere al aborto o a la eutanasia, una vez más, repito, que se lo diga a los suyos y está de más que nos sermonee al resto.

Y en cuanto a la enseñanza, lo que hay que dar no es Religión sino Historia de las Religiones.

Por lo demás, una serie de obviedades o de recomendaciones de sentido común. Si hubiera querido decir algo más incisivo y comprometido podría haber tocado otras teclas. Por ejemplo, que la clase política cada vez se parece más a una mafia y que se utiliza al pueblo, previa anestesia, para mantenerse en el poder a cualquier precio. En conjunto, se ha tratado de una intromisión en la vida de los que no somos de su rebaño.

Los políticos españoles se han portado como paletos agarrados al poder. Cada uno buscando un cacho del representante de Dios en la tierra. Da vergüenza ajena. Y el aplauso de siete minutos que recibió el Papa es de un ridículo supremo. Por no hablar de algunas fotos del Papa saludando a más de un indeseable. Cinismo a raudales.

Otra manifestación de que  el Estado presume de confesional no siéndolo y del desprecio, una vez más también, de un sano laicismo.

Javier Sadaba

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