Es esta sociedad secularizada en la que buena parte del personal se acuerda de su religión a la hora del entierro, y poco más, como decíamos, la creencia pasa un a ser instrumento político más. Y es que, aunque cierta parte de las personas bautizadas siguen con rigor el mensaje y práctica de su credo, para otra gran mayoría la religiosidad como en los funerales son una costumbre puntual heredada desde la antigüedad en los llamados ritos de paso, por los que (como nacimiento, emparejamiento o muerte) pasa cualquier persona. Está claro que a lo largo de la historia han ido cambiando, no siempre para bien, desde el tiempo de las tribus, como alguna vez hemos referido aquí. Viene esto a cuento con las discrepancias habidas sobre los funerales tras el trágico accidente de Adamuz. Y que, a mi entender, ni la religión como hemos dicho, ni la propia política o la convivencia, la ejercemos como debiéramos, según en uno u otro caso se llega a decir.
Volvamos a algunos datos o frases que anticipaban la cuestión política. Una persona mostraba su parecer y deseo de que no hubiera políticos de por medio. En esa opinión ya salía el descrédito en que está la política, al que quizá se puede añadir el de la religión, por el alejamiento de ella de parte de tanta feligresía. El caso es que ni por uno u otro vínculo, cuando ambos proclaman la convivencia y la democracia que llegamos a entender, ni siquiera en ambientes tan convenientes como estos en el que de dolor como el que nos ocupa. Está claro que los partidos ni el parlamento (esto es como el de dirigentes políticos) son un mal ejemplo de convivencia, por lo que no le faltaba razón a aquel deseo de exclusión. Claro está que la ciudadanía no estamos exenta de tal culpa por seguir tan reprobable conducta. Es más, el llamado duelo, como en las antiguas tribus, hoy ya actualizadas (familia y allegados) debiera ser, y algunos grupos así lo hacen, el ámbito que atienden el dolor compartido y lo mejor del vínculo con la persona fallecida. De ese encuentro no debiera de excluirse la posible de otra ceremonia religiosa a compartir con la común feligresía. Ningún rasgo de separación, más allá de los necesarios para superar viejas disensiones y/o la puesta al día de las tribus al presente, al igual que las devenidas de la Constitución tan poco puesta en común, más allá del pacto por arriba. Cuesta mucho hacer coincidir valores comunes entre religiosos y de convivencia: ponerse en el lugar del otro
Qué pudo favorecer que el funeral se celebrara en Madrid como propuso la señora Ayuso de que tuviera lugar en Madríd en contra de lo ya acordado entre el presidente del gobierno. Un funeral de estado, por tanto laico como corresponde a un Estado sin religión oficial y para la ciudadanía en su conjunto y presidida por el presidente del estado el rey. Debiéramos que dicho rey debería ir a los actos de estado y no ponerse a disposición de una religión excluyendo en su caso, a personas de otra o ninguna creencia. Incluso el uso oportunista de algunos líderes políticos que, como la señora Ayuso un día promueve el culto pentecostalista y después muestra su fervor católico por las abandonadas víctimas de las residencias, y luego acudir a postrarse ante el Papa Francisco quien le había sugerido reconciliación. También quienes desde el nacional catolicismo extienden odio llaman señor Bergoglio a quienes imploraron su muerte. ¡Qué fervor tan espiritual y católico se invoca también por las víctimas de Adamuz! Para ello, tiene muy dispuesta la señora Ayuso la catedral de la Almudena y su pronto clero. Lo mismo se puede decir en el caso de Huelva llenando un amplio recinto para mayor satisfacción de la catolicísima alcaldesa de Huelva y del resto de mandamases del PP. Pasada revista a todo el rito de paso, podemos decir que en España en cuanto el uso de la religión se ha quedado a poca distancia de lo logrado en Brasil o en El Salvador. Por cierto aquella voz que no que no quería políticos, no sé si clamaba en el desierto o estaba satisfecha porque los presentes eran de los suyos.
En fin, a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.




