Este año se conmemora la figura del destacado filósofo y médico andalusí Averroes por cumplir novecientos años de su nacimiento en la ciudad de Córdoba. Ibn Rushd, como se conoce en lengua árabe, fue además un jurista, un teólogo y un gran sabio librepensador.
Para hablar del pensamiento de Averroes deberíamos recordar aquellas tendencias y grupos nacidos en el seno del islam que entran en la misma categoría librepensadora que el filósofo cordobés, como la escuela mutazilí surgida en la ciudad de Basora en el S. VIII. Su fundador fue Wasil b. Ata’ y algunos de sus destacados seguidores fueron Ibrahim al-Nazzam y el enciclopédico escritor al-Yahiz, autor de libros como Los avaros y el Libro de los animales. La escuela mutazilí anteponía la razón a la tradición y defendía el libre albedrío frente a la predestinación y la creación del Corán.
Una segunda escuela, conocida con el nombre de Los Hermanos de la Pureza y aparecida en la misma ciudad en el S. X, nos consta que fue aún más lejos en su librepensamiento. Predicó el universalismo islámico, que engloba todos los dogmas, porque según esta escuela las religiones manan de una revelación plural con un componente cognitivo universal (el conocimiento de Dios). Sus seguidores lucharon contra todo tipo de fanatismo y afirmaban que la Shari’a es la medicina de los enfermos y la filosofía es el fármaco de los sanos. La Shari’a, por lo tanto, está contaminada por la ignorancia y las supersticiones, y solamente la filosofía es capaz de limpiarla. Para ello, los filósofos, los sabios y los profetas tenía la misma categoría ante la divinidad.
Ahora bien, Averroes, con un espíritu universal y conocedor, además, de la filosofía griega, siendo el comentador de la obra de Aristóteles, conoció también a los grandes filósofos árabes y musulmanes como al-Kindi (801-873), al-Farabi (874-950), Avicena (980-1037), al-Gazali (1058-1111) e Ibn Tufayl (1110- 1185).
Nuestro sabio cordobés nació en 1126, en la confluencia de dos etapas, la almorávide y la almohade, en un contexto extremadamente turbulento. Fue un filósofo de gran renombre por sus conocimientos de Aristóteles, aunque su obra rebasa este marco, porque destacó también como médico, jurista -ocupando el cargo de Juez en Sevilla y Córdoba- y teólogo. Es considerado como el gran maestro de la filosofía en al- Andalus. Cabe destacar, además, y según el profesor Miguel Cruz Hernández, que «Averroes era un patriota andalusí. Era entusiasta de su país natal, su clima, sus habitantes incluso su cocina».
Algunos estudiosos atribuyen la difusión de la filosofía de Averroes a su contemporáneo Maimónides (1138-1204). Ambos defendían una síntesis entre fe y razón. Tras el fallecimiento de Averroes, empezó Maimónides a estudiar la filosofía de su compañero comparándola con la de Aristóteles. Después, varias obras del filósofo cordobés fueron traducidas al hebreo y al latín en Francia.
Podemos afirmar que en el mundo árabe, curiosamente, fueron pocos los escritos antiguos que mencionaban a Averroes. Estos destacaban su labor como comentador de los autores griegos sin abordar su propia obra. A finales del siglo XIX es cuando Averroes fue descubierto por el mundo árabe. Este olvido, que duró largos siglos, se debe, según nuestra opinión, a un hecho histórico que tiene que ver con la invasión mongólica del oriente árabe y la destrucción de Bagdad en 1258. Hasta aquel momento esta ciudad representaba el avance cultural y científico para el mundo árabe e islámico. A continuación, toda la región entró en una etapa oscura y decadente y solo con la invasión napoleónica de Egipto en 1798 despertó y comenzó su renacimiento cultural. El mundo árabe apenas había tenido contacto con Occidente desde las Cruzadas del siglo XII hasta la llegada de las tropas de Napoleón a Egipto. En cambio en el mundo occidental Averroes fue señalado sobre todo por su valor como filósofo. Pero la filosofía en Europa entonces no tenía buena reputación. En 1215 la clerecía prohibió la enseñanza del pensamiento de Averroes y en 1231 el Papa Gregorio IX publicó una bula papal que prohibía la enseñanza de la filosofía árabe. Así fue también la postura del fraile dominico y obispo alemán Alberto Magno (1193-1280), maestro de Tomás de Aquino. Incluso este último, destacado teólogo medieval, aunque fue crítico con los planteamientos de Averroes, lo reconocía como un gran sabio. De Aquino manifestó sus diferencias con el filósofo cordobés acerca de conceptos como la “creación del universo” y la “unidad del intelecto”. El santo cristiano rebatió la filosofía del cordobés señalando sus diferencias con la de Aristóteles. Conviene subrayar que la escolástica dominicana aceptaba en gran medida la filosofía árabe, pero lo hacía de forma crítica y selectiva. Después del fallecimiento de Tomás de Aquino, sus seguidores lo presentaron como un vencedor que había puesto a todas las filosofías anteriores a él en su sitio. También la posición del mallorquín Ramón Llull (1232-1315) fue hostil hacia Averroes. En su obra Liber de anima rational combate su pensamiento. Llull argumentó que la filosofía y la teología son independientes y deben ser coordinadas para alcanzar la verdad superior. Su crítica se centró en la doctrina del monopsiquismo[i] de Averroes, que Llull consideraba errónea. La teología, según él, se apoya en la razón y la revelación divina, mientras que la filosofía se basa únicamente en la razón humana. Pero como sabemos, Averroes dio una respuesta positiva a si la filosofía árabe de origen griego es compatible con los dogmas del islam. El proyecto de Averroes, en resumen, era la separación de la filosofía de la religión para conservar la identidad de cada una de ellas y así poder trazar sus límites y su función y demostrar al final que ambas pretenden alcanzar el mismo objetivo.
Pero afortunadamente Europa no siguió este camino de hostilidad, porque los escolásticos cambiaron de actitud hacia la filosofía. Los clérigos franciscanos contrarios a la escolástica dominicana, como Antonio de Padua (1195-1231) y John Duns Scotus (1266-1308), aceptaron la filosofía árabe y su difusión. Pero quizá el primer teólogo que no sintió rechazo alguno hacia el pensamiento islámico fuera Alejandro de Hales (1185-1245), seguido por John de Rochelle (1200-1245). Este último intentó integrar el pensamiento de Aristóteles con la teología cristiana. Trabajó en temas como la naturaleza del alma, el conocimiento y la gracia divina. Por lo tanto, podemos decir que la Iglesia estaba dividida en lo que se refiere al pensamiento islámico; una parte le daba la bienvenida y otra la rechazaba.
Con la llegada de las traducciones latinas de Averroes a la Universidad de París en el siglo XII, la cultura andalusí alcanza su hegemonía en Europa, gracias al traductor de su obra, Miguel Escoto (1175-1235), escritor y traductor formado en Toledo y establecido en Sicilia bajo la protección del ilustrado rey Federico II de Hohenstaufen (1194-1250). Dicho emperador fue aliado de la filosofía islámica y contrario a la clerecía cristiana. Encargó a varios intelectuales y traductores judíos la difusión de la filosofía árabe y fue la familia judía Tibbon la más activa en esta labor. Destaca también como traductor Hermann el Alemán (m. 1272), formado, como el anterior, en Toledo, que llegó a ser obispo de Astorga. Pero la mayor contribución del averroísmo político corresponde a Marsilio de Padua (1278-1343), que llegó a ser Rector de la Universidad de París. Este fue condenado como hereje en 1327 mediante una bula papal por su obra El defensor de la paz. El gran poeta italiano Dante (1265-1321) muestra una gran admiración hacia Averroes en su Divina Comedia como el comentador por excelencia de Aristóteles y lo sitúa en el círculo reservado a los grandes hombres de ciencia del mundo antiguo. Durante el Renacimiento (siglos XV y XVI), el averroísmo se mantiene con fuerza en las universidades de Padua y Bolonia.
El ocaso e incluso la destrucción del aristotelismo en la revolución filosófica y científica de los siglos XVI y XVII traerá también consigo el ocaso y la desaparición de Averroes. Pero desde mediados del siglo XIX Averroes vuelve a estar presente en los medios intelectuales europeos como un filósofo racionalista que simboliza la lucha contra el oscurantismo medieval.
Llegados a este punto, creemos que a nadie se le escapa que el actual mundo en el que vivimos está experimentando momentos difíciles de guerras y de enfrentamientos por razones estratégicas, económicas o de otra índole. Un momento en que las libertades y los derechos están cada vez más amenazados, donde el lugar de nacimiento para algunos se ha convertido en un inconveniente y a veces un auténtico calvario.
Por lo tanto, se nos presenta una pregunta obligatoria: ¿en qué medida podemos beneficiarnos de las enseñanzas y vivencias de Averroes?
Nuestro sabio cordobés fue crítico con los sistemas tiránicos de su tiempo. Describió el despotismo de forma sorprendente. Decía que «el tirano controla a los ciudadanos a su antojo, los mantiene siempre bajo su amenaza de la guerra, elimina a los mejores, recluta peligrosos mercenarios extranjeros, es violento, carece de amigos y siempre está preso del miedo». Estarán de acuerdo conmigo en que Averroes parece que habla de los sistemas políticos que conocemos hoy en día en diferentes lugares del planeta.
Sus consideraciones sobre la mujer no pueden ser más contemporáneas. En este sentido, parece que la humanidad no ha avanzado mucho en este aspecto, especialmente en el mundo arabo-islámico donde las leyes y los códigos de familia no hacen justicia con nuestras hermanas, madres e hijas. Afirma Averroes que las mujeres deben compartir con los hombres todos los deberes de los ciudadanos. Reconoce la capacidad genérica tanto de mujeres como de hombres. Denuncia la discriminación de la mujer en la sociedad de su tiempo. Dice que «en nuestras sociedades se desconocen las habilidades de las mujeres, porque ellas solo se utilizan para la procreación, estando, por tanto, destinadas al servicio de sus maridos y relegadas al cuidado de la procreación, educación y crianza. Pero esto inutiliza sus otras posibles actividades. En dichas sociedades las mujeres representan una carga para los hombres, lo cual es una de las razones de la pobreza de dichas comunidades».
El sabio cordobés sufrió persecución y destierro por envidia y también por sus opiniones, que intentaban romper la ortodoxia inmutable y desfasada. Esta situación nos trae el recuerdo de tantos y tantos pensadores, intelectuales y escritores que han sido víctimas de persecución, ataques e incluso de asesinatos. Sobran nombres, pero sería un acto de justicia mencionar a algunos, como el premio Nobel de literatura en 1988, el egipcio Mahfuz, o el profesor de la Universidad de El Cairo Nasr Hamid Abu Zayd, o el asesinado Faray Fuda, o el escritor indio Salman Rushdie, condenado a muerte por Jomeini en 1989.
La persecución de nuestro autor no se conformó con que fuera juzgado y condenado al destierro. También se trató de cercenar su obra, especialmente sus textos filosóficos, que fueron pasto de las llamas. Una pérdida incalculable. Decía Borges: «siempre me imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca».
Este dicho sugiere que el mayor placer para quien ama la lectura se encuentra en un lugar lleno de libros, porque una biblioteca es un universo inagotable donde cada estante ofrece puertas a otros tiempos, lugares y pensamientos.
Pero parece que el ser humano aprende poco de las lecciones del pasado, porque de nuevo hemos visto la quema de bibliotecas enteras: en el Bagdad de los Mongoles del siglo XIII y también del comienzo de nuestro siglo con la invasión estadounidense de Iraq en 2003. Más ejemplos los encontramos en la Inquisición española, en Sarajevo o en Gaza.
En otros ámbitos como el de la educación, podemos sacar una buena lección de las enseñanzas de Averroes. Pensaba que los castigos deberían reducirse al mínimo y ser sustituidos por la educación, y en especial durante la juventud.
En resumen, sería un acto de justicia decir que la grandeza de la ciudad de Córdoba no viene solo de sus magníficos monumentos arquitectónicos, sino también por ser origen de ilustres sabios como el gran filósofo y político Séneca y sabios andalusíes como Ibn Hazm, Averroes y Maimónides. Entre todos crearon en esta ciudad una escuela racional, un pensamiento crítico que ojalá podamos resucitar por medio de una lectura científica, contemporánea para nosotros y para las generaciones venideras por tratarse de un acervo cultural inmortal.
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[i] El monopsiquismo es una doctrina filosófica que sostiene la existencia de una única alma, mente o intelecto agente supraindividual, compartida por toda la humanidad, de la cual las almas individuales son solo manifestaciones temporales.



